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Vuelta a la infancia ¿viaje sin retorno? |
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Asociamos la inocencia con la infancia, la mirada del niño con aquella libre de convenciones, prístina, que interroga y se maravilla... lo virginal, acaso, que aún no tiene el pecado social de ser adulto viviendo en un mundo lleno de convenciones, correcciones más o menos políticas, excusas, mentira o hipocresía.
Es una forma de verlo, por supuesto. Quiero decir: acaso lo que idealizamos realmente no exista. Desde la óptica del adulto consideramos al niño como algo casi idílico, pero ¿realmente lo es? Veamos: hagamos memoria de nuestra infancia, un juego un poco como si de una regresión hipnótica, esas tonterías tan de moda entre los tarados nueva-era, volver a esos años, a esas vivencias.
Yo lo intento y lo cierto es que no me sale del todo. El niño que construyo en ese ejercicio es demasiado parecido a mi yo adulto, a mí mismo imitando un niño. Sí, tengo otra vez presente ese mundo donde todo estaba por descubrir; la escuela con su olor a pupitres y tiza; el patio del cole donde hacíamos gochos para jugar a las canicas, o los plátanos que nos servían de estación para nuestras tocatorres; sentarme a la mesa ante un plato lleno de sopa con la cañada flotando, el mantel de hule, los garbanzos humeando en la olla; leyendo el Can y Me o aquella historia de una guitarra llamada Blim que iba de un sitio a otro; las colecciones de cromos de naturaleza o aquellas que componían mapamundis, las de Bimbo; jugar y discutir con mis hermanos, bajar al parque a jugar a las chapas, el mono que en la casa de los gitanos del patio no paraba de chillarnos cuando nos acercábamos; irnos en cuanto podíamos en el break al monte, a la playa, dormir en una cama helada una noche oscura de semana santa en aquella fonda de doña Belarmina en Segovia; coger los cangrejos levantando las piedras del río Ayuda...
Escenas que se suceden saltando de manera aparentemente inconexa en el tiempo, en el espacio, que atesoro en mi memoria. ¿Existieron realmente?
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Para comenzar este escrito lo primero que vamos a decir es que sobre la primera etapa de nuestra vida, tras muchos estudios a lo largo de los tiempos según épocas y pensamientos, se han escrito ríos de tinta y se han hecho “sesudos estudios”, pero pese a tanta “literatura” (diferentes en sus premisas) poco sabemos del pensamiento y la forma particular de ver el mundo a donde han llegado.
El adulto trata con su razonamiento de entender una lógica “establecida” (principalmente en el concepto organizativo-social) que le han inculcado, olvidando por tanto la(s) forma(s) de pensar y razonar del niño.
Dentro de las múltiples formas de comportamiento(s) humano(s) tenemos las “instituidas” para que todo el “organigrama socio-cultural” no sea interrumpido por ningún movimiento pedagógico innovador en el desarrollo primario que pueda construir otra forma diferente de pensamientos y evolución del ser humano.
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Dibujos para leer y escuchar |
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Entre nuestros niños, el empleo del dibujo supera en mucho a la escritura,
para ellos resulta más fácil "hablar" a través de trazos
y figuras que entretejer letras que apenas si conocen. Si bien la lengua
escrita es reemplazada por la imagen, ésta lleva en sí la
intención de aquélla: informar, contar algo a los otros, hacernos
escuchar.
Pensamos que el dibujo no ha sido sólo un medio a través del
cual los chicos dejan entrever su capacidad creadora, sino también la exposición de lo que
son, de sus problemas, sus emociones, de ahí que podamos decir que
algunas de sus producciones tengan un valor proyectivo, aunque no bajo la
concepción de Freud, ser un "mecanismo de defensa que consiste en
atribuir a otros cualidades o sentimientos que se rechazan o desconocen en
uno mismo", sino más bien, como un reflejo de la visión que
tiene el niño de sí mismo y del mundo que le rodea; es una
proyección referida al hecho de que el autor deja huella de todo aquello
que constituye su personalidad.
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