Hubo un
rico en Madrid (y aun dicen que era más necio que rico), cuya casa magnífica
adornaban muebles exquisitos
«¡Lástima que en vivienda tan preciosa», le dijo un amigo,
«falte una librería!, bello adorno, útil y preciso.»
«Cierto», responde el otro. «Que esa idea no me haya ocurrido!...
A tiempo estamos. El salón del Norte a este fin destino.
Que venga el ebanista y haga estantes capaces, pulidos, a toda costa. Luego
trataremos de comprar los libros.
Ya tenernos estantes. Pues, ahora», el buen hombre dijo, «¡echarme yo a buscar
doce mil tomos! ¡No es mal ejercicio! Perderé la chaveta, saldrán caros, y es
obra de un siglo...
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Los dos loros y la cotorra |
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De Santo
Domingo trajo
dos loros una señora.
La isla en parte es francesa,
y en otra parte española.
Así, cada
animalito
hablaba distinto idioma.
Pusiéronlos al balcón,
y aquello era Babilonia.
De
francés y castellano
hicieron tal pepitoria,
que al cabo ya no sabían
hablar ni una lengua ni otra.
El
francés del español
tomó voces, aunque pocas;
el español al francés
casi se las toma todas.
Manda el
ama separarlos,
y el francés luego reforma
las palabras que aprendió
de lengua que no es de moda.
El español, al contrario,
no olvida la jerigonza,
y aun discurre que con ella
ilustra su lengua propia.
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Por
entre unas matas,
seguido de perros,
no diré corría,
volaba un conejo.
De su madriguera
salió un compañero
y le dijo: «Tente,
amigo, ¿qué es esto?»
«¿Qué
ha de ser?», responde;
«sin aliento llego...;
dos pícaros galgos
me vienen siguiendo».
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